Qué rápido pasa
el tiempo…
Se escapa,
mientras lo ves cada día sentado como si del sol o la luna tratase.
Ya no es el mar
infinito que contemplabas paseando de la mano de los que te han querido
siempre.
El tiempo ahora
es años. Y los años vida.
Jugabas a
imaginarte en un futuro, jugabas inocente, sigues haciéndolo consciente, y a
veces deseamos parar todo.
Cuando eres niño
vives en un mundo paralelo sin saberlo,
lo perdiste.
Sabes que no volverás a tenerlo, por eso creas otro donde esconderte, mientras
cierras los ojos para protegerte de lo que no quieres ver.
No queremos ver
lo que desconocíamos entonces;
la maldad, la
envidia, el egoísmo, la mentira, el interés, la hipocresía…
No queremos ver
nuestros problemas, tampoco los del resto.
Pobreza, hambre,
violencia, desgracias…
No queremos ver
que no habrá montañas, ni árboles, que el cielo algún día dejará de ser azul,
sin embargo él ha estado observándonos.
Si dejamos de
querer, el amor sólo será una palabra.
También existe
el esfuerzo, el trabajo y el sufrimiento, la supervivencia.
Una familia que
lucha porque tú formas parte de ella, y tú lucharás por esa y la nueva, una
responsabilidad más.
Cuando pareces
cumplir y haber cumplido, cuando descansas tranquilo, hay una ley que llega y
lo arruina todo.
¡Qué injusto! Y
qué injusto para aquellos a los que llegó
antes.
Cómo me gustaría
ahora temer al lobo o a la sombra que nos empeñamos en ver en la habitación a
oscuras.
Entonces abres
los ojos, descubres que algo va mal, que nuestro paso es fugaz, pero deja
rastro, que eres insignificante, que lo importante es sentir y querer con el
alma, porque a dónde vamos si es que vamos a algún sitio y no todo queda ahí.
Si es así lo
mejor habrá sido que haya valido la pena.
Valorar, resulta
indispensable.
Te das cuenta
que sigues sujeto a la misma mano del recuerdo y no querrás soltarla, no
querrás perderte, sólo esperarás que te quieran, quedarte para cuidarlos, estar
con ellos siempre.
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