jueves, 10 de noviembre de 2011

DESDE LA AZOTEA DEL CÍRCULO DE BELLAS ARTES.

A veces no hay como subir a un lugar lo bastante alto para darnos cuenta de lo que somos en este infinito y desconocido mundo.
Contemplando esa grandeza llena de luz de Madrid están con nosotros los seres que dan sentido a nuestra vida, la esencia del alma.

Parece que estar tan arriba te alejase de la atmósfera que se respira allá abajo, como si te hiciese ver todo más claro mientras te evade de cualquier cosa y sólo piensas en cuando se hará la hora de coger ese ascensor que te lleve de vuelta a la realidad.

Las fachadas, las azoteas, los tejados antiguos, contrastan con el gris asfalto, las antenas y el cristal de algún que otro edificio.

Esta panorámica te lleva a pensar tanto…
Te lleva a observar lo que hemos creado;
lo pequeñitos e insignificantes que somos realmente, y a la vez lo que guardamos en nuestro interior.
Te lleva a pensar que en cualquier parte del planeta otra persona está viendo la misma puesta de sol.

A los pies de la gran estatua oxidada de Minerva, haciéndole compañía, me pregunto  que sentirá ella que todo lo ve desde esa azotea.
Hija de Júpiter, astucia nacida con armadura, guerrera, sabia, sutileza  vinculada a las artes, venció a Neptuno con un olivar y así una ciudad de la antigua Hélade tendría su nombre.
Conduce a Ulises en sus viajes, como una guía que controla todo,
el ir y venir de Alcalá y la Gran Vía.
Representada sobre el lienzo de pinceladas exquisitas  por nuestro
Don Diego de Velázquez transformando a Aracne.

Algún día aparecerá escrito que la diosa Minerva disfruta uno de los mágicos atardeceres, que los mortales madrileños le regalaron para que descanse como lo que es.


Milena Martínez Alcalá.***





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