Contemplando
esa grandeza llena de luz de Madrid están con nosotros los seres que dan
sentido a nuestra vida, la esencia del alma.
Parece
que estar tan arriba te alejase de la atmósfera que se respira allá abajo, como
si te hiciese ver todo más claro mientras te evade de cualquier cosa y sólo
piensas en cuando se hará la hora de coger ese ascensor que te lleve de vuelta
a la realidad.
Las
fachadas, las azoteas, los tejados antiguos, contrastan con el gris asfalto,
las antenas y el cristal de algún que otro edificio.
Esta
panorámica te lleva a pensar tanto…
Te
lleva a observar lo que hemos creado;
lo
pequeñitos e insignificantes que somos realmente, y a la vez lo que guardamos
en nuestro interior.
Te
lleva a pensar que en cualquier parte del planeta otra persona está viendo la
misma puesta de sol.
A
los pies de la gran estatua oxidada de Minerva, haciéndole compañía, me
pregunto que sentirá ella que todo
lo ve desde esa azotea.
Hija
de Júpiter, astucia nacida con armadura, guerrera, sabia, sutileza vinculada a las artes, venció a Neptuno
con un olivar y así una ciudad de la antigua Hélade tendría su nombre.
Conduce
a Ulises en sus viajes, como una guía que controla todo,
el
ir y venir de Alcalá y la Gran Vía.
Representada
sobre el lienzo de pinceladas exquisitas
por nuestro
Don
Diego de Velázquez transformando a Aracne.
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