viernes, 11 de noviembre de 2011

KENIA.


En la cima del monte volcánico Kenia, un viejo jefe maasai se aparece al atardecer; dicen que es el dios Gnai que espera a su mujer Olapa ,la luna.

Ataviado con la típica tela roja; y años de sabiduría ancestral; por el rostro del que en su día fue un joven guerrero; después brujo que con sus remedios curaba a las familias de la tribu; corren lágrimas de dolor…

El manto rosáceo del Lago Nakuku ha desaparecido, ya no hay flamencos. ¡Qué pena! Era un espectáculo aquello…

Cada vez son menos los ñus, búfalos y cebras que atraviesan el río Victoria emigrando en busca de pasto…

El rinoceronte blanco y el rinoceronte negro sobreviven prisioneros del peligro de los furtivos en la reserva del Maasai Mara, en Naivasha.

Y de la catarata Thomson; ha parado de manar agua…

Kenia; tierra que no era de nadie sino que tú formabas parte de ella.
Un vergel de recursos naturales; un pulmón para el mundo…

Llegaron los blancos; y entonces ‘’los pactos’’, aparecieron vías de ferrocarril, los safaris, la tala de árboles; la expropiación de tierras; el fin de muchas tribus…

Donde solo vemos poder, mercantilismo y puro negocio para ellos es su vida,, ¿hasta dónde el hombre no se para a valorarlo?

Cuentan que los maasai poseen un peculiar sentido del tiempo; y que no conciben el mañana; por eso mueren de tristeza viviendo el momento. 
             
                                         Milena Martínez Alcalá.***








// Texto que aparece en el vídeo. //

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